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MARÍA CORES
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Aquelarre

Recordando uno de los episodios más anómalas y aterradores como los juicios de Salem, Arthur Miller escribe en 1962 Las Brujas de Salem o El crisol. Aquelarre revisa los personajes de la obra como Abigail Williams, John Proctor o Tituba, acusados de brujería, para dejar atrás esos tópicos en los que las brujas aparecen como seres malvados representando a Lucifer y así contemplarlos desde una mirada más humana, meditando sobre la relación que hay entre el individuo y la sociedad puritana, la independencia y el individualismo frente a las normas de la comunidad. Hablando en un lenguaje trágico y con falta de libertad, donde el ser humano se vuelve marginado y humillado. Todo esto manifestado con volúmenes oprimidos en señal de asfixia, paleta oxidada debido al desgaste emocional, prendas en ruinas y la piel en llamas para evocar el fuego de un rito, de un Aquelarre.